miércoles, 13 de abril de 2011

Un domingo en la ciclovía

Tras la fiesta ininterrumpida que aquel viernes se pegaron algunos —otros elegimos dormir mientras pudimos— con música francesa del francés, barbacoa en la terraza al sol de las seis de la mañana y cervezas posteriores en la hierba del parque de enfrente de casa hasta la hora de comer —qué bien vivís—, llegó el domingo; y a las 10 de la mañana alquilamos unas bicis con la idea de, aprovechando la ciclovía dominical, recorrer algunas de las principales avenidas de la ciudad, ahora despejadas de coches y busetas y abiertas a los viandantes.

Ciclovía a su paso por la Carrera 15 con Pepe Sierra

Colombian Bikes Calle 116

El alquiler de la bicicleta nos costó 20.000 pesos, desde más o menos las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde; hora en que termina el horario de ciclovía y el tráfico recupera su normalidad.

El día había amanecido despejado y el sol de enero caía directo y con fuerza sobre Bogotá, se dejaba sentir en la piel. Así que, un poco de protector solar en la nariz, hombros y cogote; y a pedalear.

La meta era el Parque Simón Bolívar, que está conformado en realidad por varios parques, los cuales consiguen reunir una extensión cercana a las 400 hectáreas, mayor en conjunto que el Central Park de Nueva York. Cuenta con un lago, una playa artificial, un recinto de conciertos, un templete para celebrar eucaristías, un complejo acuático, un centro de alto rendimiento, un palacio de deportes, la Biblioteca Virgilio Barco, un parque de atracciones y acuático y un jardín botánico. Es el principal pulmón de la capital y un estupendo lugar de esparcimiento para los bogotanos.

Ignacio haciendo el pino

Playa artificial del Parque Simón Bolívar

Salíamos de la Calle 116 con Carrera 17 y teníamos que llegar hasta la Calle 62 con Carrera 68, es decir, una tirada. Fuimos 'ganando' carreras siguiendo la 116 hacia el oeste (también conocida como Avenida Pepe Sierra, el más importante terrateniente de Bogotá) hasta que esta se convierte en la Avenida de Boyacá (Carrera 72) y avanza hacia el sur, con lo cual iríamos perdiendo calles.

En realidad no estudiamos el recorrido, yo había echado un vistazo al mapa antes de salir y más o menos sabíamos que era por la Carrera 68 hacia el sur, así que nos limitamos a dejarnos llevar por la ciclovía. Cuando llegamos a un punto de la Avenida Boyacá, preguntamos y nos indicaron que era hacia el este. Tuvimos que salirnos de lo acotado e internarnos por un barrio y callejear. La sensación fue de trasladarse a cualquier otro pueblo de Colombia, fuera de la ciudad. Casas bajas unifamiliares, cigarrerías y negocios de todo tipo, puestos de comida, música...

Gracias al sistema numérico de organización urbana de las ciudades americanas es bastante fácil orientarse y lo encontramos sin problemas. A la entrada se agolpaba una multitud de puestos ambulantes y de comida: perritos calientes, hamburguesas, chuzos, obleas, fruta, helados e incluso alguna cosa típica de Bogotá. Ya dentro del recinto la gente estaba simplemente disfrutando del día; lo típico en un parque: personas tomando el sol, equipos uniformados dando patadas a un balón, parejas acarameladas sentadas en la puerta de su iglú —era curioso que había muchas tiendas de campaña— o remando en el estanque, niños divirtiéndose con la arena de la playa artificial, deportistas, familias de pic-nic...

Entrada al parque por la Carrera 68

Jerome, Ignacio, Álvaro y Adrián

Virginia y Stefania

Nosotros fuimos a por algo de comer, nos tiramos un rato en la hierba y dimos unos toques a un balón que nos prestó un rastafari que pasaba por allí. Creemos que los músculos de Adrián, que fue el que se lo pidió, lo intimidaron y ya no volvió para reclamarlo. Tuvimos que buscar al muchacho y devolvérselo.

Cuando pasó el tiempo que nos quedaba, emprendimos el camino de vuelta. Yo notaba que la bicicleta que me habían dado no funcionaba bien y al final uno de los pedales acabó por salirse. Paramos en una gasolinera que tenía también un taller de coches para que lo ajustaran, pero pasados 10 minutos ya se había salido otra vez. Ignacio se ofreció a turnarse con mi bici y volvimos a casa enganchados el uno al otro para ayudar al que no podía pedalear.



El resultado del día fue que, a pesar del protector solar, todos terminamos con la piel quemada, como cualquier guiri del Mediterráneo español.

6 comentarios:

Álvaro Jiménez Arques dijo...

La entrada llega con 'un poco de retraso'. ¡Pero las siguientes no tardarán tanto!

salome dijo...

Caray, yo pensaba que ya no escribías más, te tomaste tu tiempo para el relato de la ciclovía.
Me gustó especialmente la descripción de la otra Bogotá, por la que pasasteis al desviaros callejeando. Chicos: tenéis mucho que conocer, no os quedéis siempre en la misma zona! El único riesgo es que os queráis quedar ;-)

Karina Ortegon dijo...

Descriptivo, preciso y divertido relato... sabes cosas que un colombiano normal como yo no sabe, ¿es mas grande que el central park de NY?

Álvaro Jiménez Arques dijo...

Estaba medio escrito desde la semana de después pero lo vas dejando...

Pues lo que es propiamente dicho el Parque Simón Bolívar en realidad tiene 108 hectáreas —eso me han dicho los del Instituto Distrital de Recreación y Deporte—, pero con todos los otros parques de alrededor (Salitre, Jardín Botánico...) juntos llegan casi a las 400. Y Central Park tiene menos, sí.

Alberto dijo...

Hace casi tan buen tiempo como aquí, jejejejejeje, casi...

Algún día yo también conseguiré ponerme moreno...

Álvaro Jiménez Arques dijo...

Seguro que vuelves a España más moreno que yo. Aquí llueve todos o casi todos los días. Entre diciembre y enero, que es la época, hizo más bueno. Veremos cómo termina esto los meses que quedan, jejeje.