miércoles, 18 de mayo de 2011

Nomenclatura en el Distrito Capital

La nomenclatura urbana en Bogotá sigue unas pautas concretas con el fin de regular y establecer un sistema de ordenación de calles, carreras y predios. Recientemente, el sistema se modificó, por lo que todavía es común encontrarse en las intersecciones de las vías y en la entrada de los edificios una numeración tachada con una línea roja; son las 'direcciones antiguas'.

El sistema actual denomina 'calles' a las vías en dirección este-oeste y 'carreras' a las vías en dirección norte-sur. Por lo tanto, dejaron de existir las 'transversales' y las 'diagonales' como tal, excepto en algunos lugares donde las vías discurren de forma diagonal.

Al recién llegado europeo, más acostumbrado a los nombres propios, puede resultarle confuso; Jesús, el exbecario IDEPA, se construyó una especie de idea mnemotécnica que puede ayudar: imaginando que se quiere disputar una carrera a toda velocidad por una vía, en una calle uno se chocaría contra los cerros, que delimitan la ciudad por todo el este; mientras que si fuese en una carrera, podría completarla 'corriendo' sin obstáculos, pues va de norte a sur, a lo largo de toda la ciudad.

Avenida Pepe Sierra con Carrera 15

Placas con direcciones nuevas y antiguas conviven

Las carreras parten de los cerros. Comienzan en la Carrera 1 y van incrementándose siempre hacia el oeste: Carrera 2, Carrera 3, etc. Por su parte, las calles nacen del 'punto cero' establecido, en este caso, en la esquina del Capitolio Nacional, y crecen hacia el norte con la denominación 'limpia': Calle 1, Calle 2, etc. y hacia el sur, con la distinción: Calle 1 Sur, Calle 2 Sur, etc. Además, como las laderas de los cerros no son 'regulares', sino que entran y salen dentro del trazado urbano, también se pueden encontrar algunas vías con la denominación de Calle 1 Este, Calle 2 Este, etc. Las diagonales van del este al oeste, como las calles, y las transversales de sur a norte, como las carreras.

Las vías coloniales de la zona de La Candelaria y las más singulares o principales, como la Avenida de Pepe Sierra o la de Caracas, aparte de su correspondencia en el sistema numérico, también ostentan nombre propio. Asimismo, algunas vías llevan una letra detrás, esto es, una vez más, porque al no ser perfecto el trazado urbano de las vías, hay algunas callejuelas o vías que no discurren de este a oeste o de norte a sur a lo largo de toda la ciudad, sino que existen solo en algún tramo; entonces se le añade el 'bis' o una letra: A, B, C, D, etc. Por lo tanto, la Carrera 19 A siempre estará hacia el oeste entre la Carrera 19 y la Carrera 20.

Una dirección típica en Bogotá, por ejemplo, la del Hotel Quinto Bar, es: Cl. 84 BIS #13-17. ¿Cómo se interpreta? Muy fácil. En la dirección viene indicada primero la calle o la carrera, lo que significa por dónde se accede al predio y que llamaremos vía principal. En este caso, la dirección nos alerta de que la entrada al rumbeadero es por la Calle 84 BIS y no por la Carrera 13. Después viene el símbolo de almohadilla (#) o la abreviatura de número (Nº), que será la calle o la carrera, dependiendo de lo anterior, en el ejemplo, la Carrera 13, y que diremos vía secundaria. Tras el guión aparece el número del edificio, que además expresa la distancia que hay en metros hasta la intersección calle-carrera. Los pares corresponden con los predios de la cuadra de la derecha en el sentido de crecimiento de la vía principal (calles hacia el oeste y carreras hacia el norte) y los impares con los de la izquierda. Al final también puede venir indicado el apartamento, la oficina, etc.

Zona T

Siguiendo con lo anterior y en el caso contrario, es decir, que la entrada sea por la carrera y no por la calle, como sucede en La Gran Terraza, cuya dirección es: Cr. 13 Nº83-75, la cuadra (lado de la manzana) en la que se encuentra toma en su dirección la calle menor de las dos que la delimitan. Por ejemplo, si uno va caminando por la carrera 13 hacia el norte va a ir cruzándose con las calles 82, 83, etc., en el tramo que va de la 83 a la 84, los portales de las cuadras a izquierda y derecha serán de la calle 83 y no de la 84. Por supuesto, lo mismo se aplica en el caso de entrada por calle, y se toma la carrera menor.

Croquis explicativo

En una ciudad tan extensa como la capital de Colombia, este sistema numérico es óptimo, pero es importante conocerlo. Con tan solo saber dónde se está y adónde se quiere ir, permite orientarse rápido y calcular la distancia —y el tiempo a pie, porque el de vehículo más o menos es aleatorio—, ya que una cuadra viene a tener entre 100 y 150 metros. Si no, pues siempre se puede preguntar, que preguntando se llega a Roma.

El cambio de nomenclatura

La Alcaldía Mayor de Bogotá D.C., bajo la administración de Antanas Mockus, comenzó en 2001 la ardua tarea de cambiar la nomenclatura hacia la actual.

Las primeras localidades en cambiar sus direcciones fueron Ciudad Bolívar, con más de 300.000 predios y Chapinero. Entre 2002 y 2003, el proceso continuó en Bosa y Kennedy, y en 2004 en Engativá y parte de Fontibón. Para estas dos localidades se requirió una inversión de 800 millones de pesos. El resto de localidades fueron actualizando sus direcciones de acuerdo al presupuesto disponible.

Enlaces de interés

miércoles, 13 de abril de 2011

Un domingo en la ciclovía

Tras la fiesta ininterrumpida que aquel viernes se pegaron algunos —otros elegimos dormir mientras pudimos— con música francesa del francés, barbacoa en la terraza al sol de las seis de la mañana y cervezas posteriores en la hierba del parque de enfrente de casa hasta la hora de comer —qué bien vivís—, llegó el domingo; y a las 10 de la mañana alquilamos unas bicis con la idea de, aprovechando la ciclovía dominical, recorrer algunas de las principales avenidas de la ciudad, ahora despejadas de coches y busetas y abiertas a los viandantes.

Ciclovía a su paso por la Carrera 15 con Pepe Sierra

Colombian Bikes Calle 116

El alquiler de la bicicleta nos costó 20.000 pesos, desde más o menos las 10 de la mañana hasta las 2 de la tarde; hora en que termina el horario de ciclovía y el tráfico recupera su normalidad.

El día había amanecido despejado y el sol de enero caía directo y con fuerza sobre Bogotá, se dejaba sentir en la piel. Así que, un poco de protector solar en la nariz, hombros y cogote; y a pedalear.

La meta era el Parque Simón Bolívar, que está conformado en realidad por varios parques, los cuales consiguen reunir una extensión cercana a las 400 hectáreas, mayor en conjunto que el Central Park de Nueva York. Cuenta con un lago, una playa artificial, un recinto de conciertos, un templete para celebrar eucaristías, un complejo acuático, un centro de alto rendimiento, un palacio de deportes, la Biblioteca Virgilio Barco, un parque de atracciones y acuático y un jardín botánico. Es el principal pulmón de la capital y un estupendo lugar de esparcimiento para los bogotanos.

Ignacio haciendo el pino

Playa artificial del Parque Simón Bolívar

Salíamos de la Calle 116 con Carrera 17 y teníamos que llegar hasta la Calle 62 con Carrera 68, es decir, una tirada. Fuimos 'ganando' carreras siguiendo la 116 hacia el oeste (también conocida como Avenida Pepe Sierra, el más importante terrateniente de Bogotá) hasta que esta se convierte en la Avenida de Boyacá (Carrera 72) y avanza hacia el sur, con lo cual iríamos perdiendo calles.

En realidad no estudiamos el recorrido, yo había echado un vistazo al mapa antes de salir y más o menos sabíamos que era por la Carrera 68 hacia el sur, así que nos limitamos a dejarnos llevar por la ciclovía. Cuando llegamos a un punto de la Avenida Boyacá, preguntamos y nos indicaron que era hacia el este. Tuvimos que salirnos de lo acotado e internarnos por un barrio y callejear. La sensación fue de trasladarse a cualquier otro pueblo de Colombia, fuera de la ciudad. Casas bajas unifamiliares, cigarrerías y negocios de todo tipo, puestos de comida, música...

Gracias al sistema numérico de organización urbana de las ciudades americanas es bastante fácil orientarse y lo encontramos sin problemas. A la entrada se agolpaba una multitud de puestos ambulantes y de comida: perritos calientes, hamburguesas, chuzos, obleas, fruta, helados e incluso alguna cosa típica de Bogotá. Ya dentro del recinto la gente estaba simplemente disfrutando del día; lo típico en un parque: personas tomando el sol, equipos uniformados dando patadas a un balón, parejas acarameladas sentadas en la puerta de su iglú —era curioso que había muchas tiendas de campaña— o remando en el estanque, niños divirtiéndose con la arena de la playa artificial, deportistas, familias de pic-nic...

Entrada al parque por la Carrera 68

Jerome, Ignacio, Álvaro y Adrián

Virginia y Stefania

Nosotros fuimos a por algo de comer, nos tiramos un rato en la hierba y dimos unos toques a un balón que nos prestó un rastafari que pasaba por allí. Creemos que los músculos de Adrián, que fue el que se lo pidió, lo intimidaron y ya no volvió para reclamarlo. Tuvimos que buscar al muchacho y devolvérselo.

Cuando pasó el tiempo que nos quedaba, emprendimos el camino de vuelta. Yo notaba que la bicicleta que me habían dado no funcionaba bien y al final uno de los pedales acabó por salirse. Paramos en una gasolinera que tenía también un taller de coches para que lo ajustaran, pero pasados 10 minutos ya se había salido otra vez. Ignacio se ofreció a turnarse con mi bici y volvimos a casa enganchados el uno al otro para ayudar al que no podía pedalear.



El resultado del día fue que, a pesar del protector solar, todos terminamos con la piel quemada, como cualquier guiri del Mediterráneo español.

jueves, 6 de enero de 2011

A Cartagena de Indias de improviso (II)

El viernes salimos a rumbear con los de Miami por uno de los locales de la Calle del Arsenal, el ‘Míster Babilla’, atiborrado de gente, alborozo, turistas, ron, aguardientes, sillas y mesas. En el paseo previo, una camarera de uno de las terrazas-pizzería de la Plaza de Santo Domingo nos había recomendado ir a otro en la zona de la Torre del Reloj, el ‘Tu candela’, al que fuimos después. Resultó ser muy parecido al anterior, pero con un ambiente de chicas más cargado y ‘extraño’. Cuando cerraron, la fiesta seguía en el ‘Electra’.

Plaza de Santo Domingo

La sorpresa fue al entrar, cuando nos topamos con una proporción de mujeres por hombre inusual, bailando en grupitos, lanzando muchas sonrisas y guiños sugerentes a cualquiera que pasara a su lado. No creo exagerado afirmar que el cien por cien de ellas estaba trabajando. En un momento de la noche, dos chicas se acercaron de espaldas, una de ellas muy borracha, que se cayó encima de Jesús, la otra se dio la vuelta para sujetarla y resultó ser la camarera que nos había atendido unas horas antes. Una chica de lo más normal, de unos 20 o 22 años, que más tarde intentaba seducir a un estadounidense cincuentón. Así es como descubrimos uno de los ‘tesoros’ escondidos de Cartagena de Indias para los turistas de los EEUU; un local de difícil definición, paraíso de mujeres bonitas que, lejos de ser prostitutas, se convierten en señoritas de compañía por una cifra de unos cuantos ceros en pesos. Al cierre, ya con el día iniciado, los taxis se encargaban de desalojar a un sinfín de parejas y tríos variopintos, la mayoría de ellos de unión naturalmente complicada sin papelitos azulados con la estampa de Jorge Isaacs de por medio.

El sábado había empezado despejado y con un sol prometedor. El plan inicial era acercarse a la isla de Barú y pasar el día en Playa Blanca, ya que las playas de Cartagena están algo degradadas por el puerto y la actividad industrial. Después del ‘Electra’, hicimos tiempo sentados en la muralla intentando no dormirnos. Pero cometimos el ‘error’ de volver al hotel y descansar ‘media horita’, antes de ir al muelle a por las lanchas que navegan a las islas. El error se convirtió en decisión acertada cuando una hora después comenzó a llover de forma torrencial durante unas cuatro o cinco horas. Eso sí, los truenos no nos impidieron dormir plácidamente hasta la hora de comer.

El plan cambió y fuimos a visitar el Castillo de San Felipe de Barajas. Desde el taxi vimos cómo gran parte de la ciudad nueva había quedado inundada. Como siempre y en cualquier sitio hay alguien que está dispuesto a ganar unas monedas ante cualquier oportunidad, allí había quien iba colocando cajas de plástico al paso de los peatones para cruzar la calle sin mojarse. Ya en la entrada del fuerte, nos abordó un ‘asesor turístico’ de oferta fácil y rápida ocurrencia. Nos agregó a un grupo de turistas colombianos para hacer una visita guiada a la fortificación a mejor precio que el de la taquilla y nos convenció —en realidad convenció a Jesús, y Jesús a nosotros— para subir a una chiva —una buseta colorista convertida en rumbeadero móvil— y hacer un recorrido turístico por la ciudad, visitar unos museos y, ya en la noche, participar en la ‘integración vallenata’.

Castillo de San Felipe de Barajas

Inundaciones

«Más de quince chivas, convención de enfermeras panameñas y costarricenses. Estaremos recorriendo la ciudad a ritmo de vallenato. Una botella de aguardiente, tu cubito con hielos, aquí dejas tu vaso higiénico. Cuando la botella se termina, la pasas hacia delante y te devuelven una llena. Hacemos una parada en la muralla, 32 bóvedas, allí cenamos, picadas, empanadas, buena comida colombiana. Las demás chivas irán llegando y habrá un gran festival de ‘integración vallenata’. Solteros a un lado, solteras a otro. Rumba, amigos. Después volvemos a la chiva y les dejamos en una discoteca del centro, no hay que pagar cover, tenéis un cóctel de bienvenida. Todo por 30.000 pesos», fue el discurso de convencimiento.

Llevados con media hora de retraso al lugar acordado por la insistencia de Jesús, nos subimos a una chiva llena de padres e hijos armados con maracas, algún jubilado y los tres amiguetes del conjunto vallenato. Yo le compré a un vendedor una especie de guacharaca artesanal, un ‘rasca-rasca’ en toda regla. Y con él pasé aquella noche entretenido siguiendo el ritmo del acordeón y la caja vallenata.

La chiva dio vueltas y más vueltas por el barrio de Bocagrande hasta que aparcó en Las Bóvedas —que son 23—, nos bajamos y poco a poco fue llegando la gente de las otras 4 o 5 chivas que nos acompañaban. Tal populacho atrajo la atención de los vendedores de la zona —y de los no tan de la zona; allí nos tanteó otra vez uno al que Jesús había comprado tres paquetes de tabaco en la otra parte de la ciudad—. La horda de vendedores de tabaco y chicles, sombreros, souvenirs, bebidas y comidas iba tomando al asalto la pequeña explanada sobre la muralla y mezclándose entre los turistas, que rodeábamos boquiabiertos a un cuarteto de negros que bailaba frenéticas danzas tribales al son de la percusión. Un espectáculo. Y, casualidades de la vida, en nuestra chiva resulta que también venía el matrimonio bogotano con el que compartí sillas en el avión; nos saludamos afectuosamente, nos hicimos fotos y nos invitaron a guaro de una media botella que la señora llevaba en el bolso. Un brindis por la juventud a los 50.

Las Bóvedas

Chiva

Terminada la 'integración vallenata', nuestro guía y animador de la chiva se sacó una nevera portátil de la manga y nos ofreció la cena: arepas de huevo y empanadas, que duraron menos que un caramelo a la puerta de un colegio.

La chiva partió de nuevo y finalmente hacia la discoteca de la Calle del Arsenal. Nos bajamos y entramos; efectivamente, no pagamos cover, porque el local era de entrada libre. Inocente de mí, fui a la primera barra a pedir mi cóctel de bienvenida. El camarero se extrañó y yo le expliqué. Dudó, pero hizo ademán de prepararme algo, hasta que me dijo que no, que no podía. Más tarde Jesús e Ignacio me contaron cómo el guía de la chiva me había visto y estaba haciéndole aspavientos desde atrás al camarero y diciéndole que no sirviera nada. De todas formas acabamos agradeciendo a Jesús su ciega confianza y fe en los charlatantes, ya que la noche fue muy divertida.

El domingo amaneció radiante, nos despertamos más o menos pronto y fuimos al muelle para montar en una de las lanchas que van a las islas de Barú y Rosario, con arenas blancas y aguas limpias. Aceptamos ir en una con ida y vuelta y almuerzo: «Directa, sin paradas, en media hora llegamos a Playa Blanca, Barú». Resultado, una hora y media y con varias paradas. Al menos pudimos disfrutar de un buen día de sol y baños en el Caribe.

Fuerte de San Fernando de Bocachica

Playa Blanca, Isla de Barú

Muelle de Los Pegasos



Ya en la noche nos sonrió la suerte y los chicos de Copa Airlines nos ofrecieron a Jesús y a mí ir en el vuelo directo a Bogotá que salía poco después que el nuestro, así que no tuvimos que dormir cuatro horas en el aeropuerto de Cali.

Esta fue tan solo una visión y experiencia de Cartagena de Indias; ya estoy pensando en volver y buscar más autenticidad.

martes, 4 de enero de 2011

Tres meses de cuentos peregrinos

Exactamente tres meses han pasado desde que llegué a esta tierra. Hemos cambiado calendario y agenda y me sorprende comprobar cómo los planes muchas veces son tan volátiles, tan cambiantes y el futuro es tan inescrutable. Echando la vista atrás una medida de tiempo tan cíclica y humana como es un año, en el preciso momento de tomar la última uva al marcar de la última de las campanadas que ponían fin a 2009 y abrían las puertas de 2010, no podría ni siquiera haber imaginado que un año después habría estado alzando una copa de champán en Medellín, República de Colombia; rodeado de personas con las que la vida no me había hecho coincidir, hasta tres meses atrás. Inigualables personas con las que compartir doce meses de cuentos peregrinos.

¡Feliz 2011! ¡Que todos vuestros planes se cumplan; o mejor, que no se cumplan!

Nochevieja en la discoteca Mango's Medellín

«La meta es partir.» — Giuseppe Ungaretti.

jueves, 16 de diciembre de 2010

A Cartagena de Indias de improviso (I)

En un momento de ocio laboral, me llegó la respuesta de mi tío, en la que me comunicaba que no podría ir a visitarlo a Buenos Aires en las fechas que habíamos marcado.  Así que me quedaba definitivamente sin visita a Argentina y, de rebote, a Cartagena de Indias, tal y como me había propuesto unas semanas antes el amigo Ignacio el COMEX, que había comprado billetes para reunirse allí con otros compañeros de Miami.

Pero, Jesús el IDEPA, crápula, vendemotos y amigo de los planes de última hora y de las improvisaciones baratas y desorganizadas con el único argumento convincente de unos cuantos aspavientos airados, encontró rápidamente unos vuelos a un precio asequible. La ida sería en el mismo avión que Ignacio, con Aires, y la vuelta el domingo de madrugada con Copa Airlines haciendo una escala de cuatro horas en Santiago de Cali y llegando al trabajo casi de empalmada si todo iba bien.

El alojamiento se solucionó fácilmente y fuimos al hotel que había reservado Ignacio cambiándonos a una habitación triple. Un hotel tranquilo y familiar dentro de la Ciudad Amurallada, regentado por una señora bonachona y bien entrada en carnes llamada Lucía, que veía televisión a la vez que se abanicaba y consentía a su gatito Chester, de tres meses. Resultaba ser la casa de sus padres, que ella había convertido en hospedería pero manteniendo su decoración y detalles coloniales, con un gran patio lleno de vegetación e incienso prendido para los mosquitos. Para alojarse en él fue requisito la recomendación de un anterior huésped, en este caso de nuestra compañera Sara.

Chester

Patio del 'Casa Lucía'

Llegamos al aeropuerto y los retrasos «por lluvias» nos dejaron comer a gusto la hamburguesa de El Corral —las cuales probablemente sean las mejores que he probado— de los viernes. Cuando por fin abrieron la puerta de abordaje —aquí se dice así—, pues abordamos. Pero, una vez dentro del avión, buscando nuestros asientos vimos que estaban ocupados y que todos teníamos las mismas sillas asignadas. Yo me senté en el mío, que estaba libre, y Jesús e Ignacio esperaron a que los reubicaran junto con la guiri a la que le correspondería el mío y que no alcanzaba a coscarse de nada —al menos mostraba la típica cara de guiri desorientado, «mi no entender»—. El caso es que más tarde nos dijo Curro, un compañero de la Cámara de Comercio Hispanocolombiana que andaba también peleando su vuelo por ahí, que escuchó por megafonía la última llamada con nuestros nombres, así que comprendimos que nos habíamos 'colado' en otro vuelo, en un vuelo que llevaba demorado desde las 10 de la mañana e iba a salir a la misma hora que el nuestro, que lo habían retrasado aún más. Menos suerte tuvo el señor negro de bigotes y escasa estatura que intentó colarse despistado con un billete de otra compañía y cuando casi lo había logrado, le quitaron la ilusión de quien tras horas de espera y desesperación, por fin aborda su avión.

Una vez en tierra, enseguida sentimos el golpe de calor y humedad caribeños;  además del olor a salitre y el sonido y la vista del mar Caribe, sensaciones siempre emotivas para alguien de mar como yo, dos meses después de despedirse del suyo, el limpio y bravo Cantábrico, primer plano, fondo y trasfondo de mis mejores momentos.

Un taxi nos condujo por la carretera que comunica aeropuerto con ciudad y que discurre lindante a la costa, salpicada de pequeñas calas de arena marrón, oscura casi terrosa, sobre las que descansaban bateles y chalupas, aperos de pesca y depositadas por hombre y agua, algunas basuras. Grupos de mulatos costeños jugaban al fútbol y se bañaban aprovechando las últimas luces de color amarillo-grisáceo que se filtraban entre las nubes y la calima. Entramos a la ciudad a través de una puerta de la muralla y dimos la consigna en el hotel. Una limonada y una ducha rápida de agua fría —no hay agua caliente en muchos lugares fuera de Bogotá porque en realidad no hace falta— para refrescar y a callejear.

Muralla y puesta de sol sobre el Caribe

Plaza de Bolívar



Muralla de roca coralina

Cartagena de Indias es una ciudad preciosa, con historia, absolutamente colonial, los edificios de colores y de balcones floridos, las calles, la muralla, el castillo más grande del Nuevo Mundo, las fortificaciones... Una de las joyas y plazas más importantes del Imperio español y que ahora Colombia atesora como principal destino turístico y cultural, hasta el punto de llevar adosada al nombre la calificación de 'Distrito Turístico, Histórico y Cultural', al igual que Santa Marta, como entidades territoriales que las caracterizan y diferencian de otras entidades del país. Fundada en 1533 por el conquistador español Pedro de Heredia la ciudad ha conseguido llegar a nuestros días como Patrimonio Nacional de Colombia y Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Sin embargo, como toda zona sometida al turismo, son visibles las consecuencias que de este casi siempre se derivan: vendedores ambulantes agobiantes por doquier, precios variables en función de la nacionalidad del forastero, prostitución… un taxista nos apuntó, en Cartagena el amor nace «en el colegio», el resto tiene un precio.

Continuará...

jueves, 2 de diciembre de 2010

Rumbeadero colombiano: Jiggy Drama - La fuga



En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

Pásame el esfero y comienzo a escribirte
tengo como mil líricas que quieren salir
pero algunas de ellas son pesadas pa' ti
así que vamo' a hacerlo bien clean, ¡sí!

Me gusta porque eres divina
quisiera examinar de más cerca tu ba-cteria
Sé que tú eres seria
con ese cucarrón voy a echarte mi ve-neno
Voy sin freno
que piensa si te echo mi leche en tu se-viche
¡Nah! Sabe un poco raro
si estás en tus días entonces entro por el á-tico
Bien despacito
No hay que hacer ruido
Pero sóplame el pi-tufo que está lleno de polvo
tengo dos bolas pa' meterte en el or-fanato
que tiene dos canchas
ojo con la toalla que estás que la man-das a lavar
por el sudor, eso no es un secador
más bien es tu vibrass

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

Yo sé muy bien que te ha gustado el juego
en la mañana a ti te gusta tu tanda de hue-paje!
Puro silvestre
Cuando yo entro lo sientes en el vien-to
porque abro la ventana para que así salga el olor a mari-sco
Caracol y camarón
lo siento pero tu ex tiene cara de mari-scal de campo
Fútbol americano
y a él le gusta que le gusta que le den por el a-ño mil dólares
por temporada
y de ñapa te da una mama-sita
que esté como quiere
que sea inteligente y que pase mi se-mestre
sin dificultad que sea la mas popular de toda la facultad

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

Esta fue pa' todos los mal pensados
que dicen que mi disco sono un poco pesado
Ustedes pensaron mal
yo solo hice la oración, ustedes la tenían que rellenar
sepárame de todos los raperos
con esta les di una patada en el trasero
actualiza tu flow y tu rima también
que este nerdo a tu novia le quita el sostén-ten
escucha, medita, si quiere que te ayude aparta una cita
lo que tiene este acuerpao yo lo tengo en flow
acepta que este flaco te activó
¡Oh! ¡Oh!
De nuevo a la rumba
agarro el may y les doy una tunda
y tú no quiere que yo saque los trapitos
por si tú no lo sabías soy el papá de los pollitos

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

En mi casa hay una fuga de gas y de agua
que tú quiere ver chica mala
Quiere ver gas o ver gotas
Quiere ver gas o ver gotas

domingo, 14 de noviembre de 2010

Bogotá, una historia de amor: Andrés Carne de Res

Internándose en sus calles y secretos, Alejandro Saldívar recorre Bogotá para constatar su obvio resurgimiento como metrópoli cosmopolita, de alta calidad de vida.

...Lo que sigue es la piedra angular del viaje; la razón más importante del autor de este artículo para viajar a Colombia. A solo 35 kilómetros de Bogotá, en la misma ruta hacia el norte, se encuentra el restaurante, bar, bailadero, vividero, ligadero, tertuliero y estudio experimental de teatro humorístico más divertido del planeta Tierra. Su autor —hecho celebridad internacional—, Andrés Jaramillo, es el segundo gran visionario restaurantero de Bogotá que, a diferencia de Katz, solo tiene un restaurante con 180 mesas y capacidad para más de 2.000 personas.

Andrés Carne de Res (Calle 3 #11A-56, Chía) recibe 6.000 adictos comensales por semana porque lo que ahí sucede los fines de semana rebasa los límites de la ficción para internarse en los confines de la poesía. No es política de esta revista emitir juicios tan contudentes de valor pero la calidad diferenciada que Jaramillo ha dado a este jacalón de techos bajos, luz de velas y lámparas tenues es único en Latinoamérica y en el resto del mundo. Al llegar, 12 molinos quijotescos motorizados advierten la entrada entre árboles del restaurante. De cada centímetro cuadrado de postes, muros y techos de su interior cuelgan objetos, fotos, esculturas, máscaras, antigüedades, espejos, letreros divertidos y lámparas rojas en forma de corazón que Andrés y María Estela, su mujer, han colocado con gracia y sorprendente estética durante 22 años de existencia del negocio. La música, mezclada por un disk jockey desde la una de la tarde, tiene el volumen perfecto y elección atinada. Platos de patacón con hogao, papas criollas, chicharrones y arepas de todo tipo invaden la mesa a la par del aguardiente y las cervezas Rubí, marca exclusiva del establecimiento.

De mesa en mesa viajan estudiantes de actuación disfrazados de carteros, en trajes típicos o como se le ocurra a Andrés ponerlos ese día, acompañados por trompetistas, luces de bengala y regalitos. Más tarde vendrán las carnes, las ensaladas y más aguardiente. Cuando uno menos lo sospecha ya son las nueve de la noche y el lugar se empieza a atiborrar de personajes de tres generaciones sedientos de rumba. Empieza el baile y las carcajadas y el ambiente se torna imposible de superar. Los cigarros (puros), las fotos y hasta las aspirinas llegan en envolturas sencillas pero con enorme creatividad, dándole un sentido humano a todo. Este es, a mi parecer, el local donde se celebra la vida con más intensidad del planeta, y vivo bajo el lema de que entre más veces vaya en la vida, más feliz seré. Bien vale la pena un viaje a Colombia solo para conocer este lugar favorito de todo quien, alguna vez, entró por las fauces de su puerta.

Debido a su difícil comercialización turística y baja opinión en el subconsciente colectivo de los viajeros del mundo, Bogotá es, para bien y para mal, uno de los deslumbrantes secretos mejor guardados del continente. Los que pierdan el prejuicio serán remunerados con la sorpresa de una ciudad voluptuosa, rodeada de cerros verdes, con colores y climas cambiantes. Y como cualquier capital que se respete, aquí se consigue de todo: desde los perfumes más sofisticados, hasta las pócimas legendarias y mágicas de los indios del Amazonas. ●

Entrada de ACR Chía







Pista de baile







Animación de Andrés Carne de Res





Y como Gabriel García Marquez describió: «Andrés Carne de Res, donde se acuestan dos y amanecen tres».

lunes, 8 de noviembre de 2010

Los Cerros de Montserrate, el mirador de Bogotá

En un lunes de cuya fecha no quiero acordarme, por hacer algo lúdico-creativo y olvidarnos —un poco— de lo lúdico-destructivo, subimos al Monasterio de Montserrate, una parada obligada para todo visitante del Distrito Capital de Colombia. Vamos, como lo que de toda la vida ha venido siendo subir al monte Artxanda para ver cómo es Bilbao sin uno mismo, pero en una megalópolis de unos 8 millones de habitantes censados.

Funicular de Montserrate

Para llegar se puede subir caminando, en teleférico o en funicular. Durante el trayecto se pasa de los 2.600 msnm de Santafé a los 3.152 del Cerro. Nosotros tomamos el funicular porque el teleférico y la ruta a pie se encontraban cerradas. Tal vez en otra ocasión, cuando esté el sendero de nuevo abierto al público y tengamos más y mejores glóbulos rojos subamos andando; dicen que merece la pena.

En el techo de Bogotá

Interior del Monasterio de Montserrate

Desde el funicular ya se aprecia la bonita vista sobre la ciudad, la cual, si el momento del día está claro, se pierde en el horizonte. En la cima está el monasterio, lugar de peregrinación desde la época colonial, y en su interior está la Virgen morena de Montserrat, que fue en su día traída de España; también hay miradores, zonas ajardinadas, un mercadillo de recuerdos y artesanías y restaurantes. Llama la atención la proximidad a la que pasan las nubes, habitualmente negras y espesas; se ven bajar mientras cubren los otros cerros para luego descender hacia la ciudad. Arriba la diferencia de temperatura también se nota; hay algunos grados menos, hará tal vez unos 10º-14º por el día.

Almorzando sopa de ajiaco, criollo, papas y chunchullo

Nubes sobre los Cerros de Motserrate

Un bonito lugar para salir de la ciudad, donde disfrutar de la panorámica, de aire limpio, de un buen canelazo caliente —generalmente a base de aguardiente, azúcar o panela y agua de canela— y de una comida típica.

jueves, 7 de octubre de 2010

Érase una vez...

Un ingeniero informático que estudiaba tercer curso de Periodismo. Un buen día, el informático-cuasiperiodista recibió un correo electrónico de su antigua universidad, que contenía un valioso enlace a unas becas de las que nunca antes había oído hablar. «¿Qué dICEX?», se dijo, y tras unos días de titubeo e indecisión, finalmente decidió inscribirse a las pruebas de selección con la esperanza de terminar y empezar el año en un lugar lejano y desconocido.
Los meses pasaron y nuestro becario-informático-cuasiperiodista comenzó esta historia desde la capital de Colombia. Serían doce meses de cuentos peregrinos, 2.600 metros más cerca de las estrellas.